2 ENERO 2026 Tecnología con ética en el tercer sector: innovar sin perder el norte El pasado miércoles 31 de diciembre nuestra compañera Meritxell Campmajó, responsable de las áreas de Justicia e inclusión Comunitaria y Nuevas Oportunidades de Intress, publicó en el diario digital Social.cat unas reflexiones sobre el uso ético y responsable de nuevas tecnologías en el trabajo social.
Estas reflexiones vienen impulsadas por la jornada ‘Ética y tecnología para el bienestar de las personas’ que celebramos hace poco en Barcelona con la participación del economista Lluís Torrens Mèlich y el filósofo Francesc Torralba Rosselló, en la que se presentó un amplio abanico de iniciativas tecnológicas que se han probado o implementado a Intress.
Compartimos el artículo traducido a continuación. Si quieres leer la versión original en Social.cat, haz clic aquí.
Tecnología con ética en el tercer sector: innovar sin perder el norte
Meritxell Campmajó, 31/12/25 en Social.cat
Hace unos días tuvimos la oportunidad de reflexionar sobre un tema que ya no es futurista: la tecnología al servicio de los servicios sociales. La jornada de Intress nos recordó una cosa que parece sencilla, pero que cambia todo: la tecnología solo tiene sentido si pone la persona en el centro. Si refuerza, y no sustituye, el criterio profesional. Si ayuda a mejorar la calidad de vida de las personas y no solo a acelerar procesos.
Los profesores Francesc Torralba y Lluis Torrents compartieron con nosotros algunas reflexiones. En los servicios sociales, el miedo a equivocarse y la urgencia para innovar a menudo crean un falso dilema: “usar o no usar tecnología”. La realidad es que la decisión más ética no es no hacer nada, sino decidir cómo hacerlo bien. La inteligencia artificial y otras herramientas pueden aligerar cargas administrativas, detectar incoherencias y optimizar recursos, dejando tiempo para el acompañamiento humano, que es lo que realmente importa.
Pero también hay riesgos: los errores se escalan, los sesgos se multiplican y la falsa sensación de objetividad puede hacernos delegar responsabilidades. Por eso hay que pensar la tecnología como un miembro más de la organización: con roles claros, límites, supervisión y evaluación continua. Así, los profesionales ganan responsabilidad, no la pierden, y las organizaciones mantienen la ética como guía.
En la jornada conocimos experiencias concretas: desde programas de gestión e informes con IA hasta proyectos de realidad virtual para personas grandes y proyectos de innovación disruptiva. Todas compartían un denominador común: la tecnología aplicada con propósito, con criterio y con el objetivo de mejorar la vida de las personas.
Estas eran la herramienta de prevención y gestión del acoso sexual o por razón de género, la Soliguia (Nidus), los informes con apoyo IA, las herramientas de realidad virtual Tech+50RV, la red española Digisem, las iniciativas del VÍA y Gia en Intress.
Muchas incorporan la tecnología como forma de acelerar y mejorar los procesos de gestión interna de la entidad, y el trabajo de historia de vida a través de varias tecnologías disruptivas con las personas que acompañamos a los servicios.
Si al tercer sector queremos seguir siendo un espacio de transformación y oportunidad, tenemos que poner la ética en el centro de la innovación. Innovar no es solo introducir nuevas herramientas; es hacerlo con mirada crítica, con prudencia, con ambición, y con la convicción que la tecnología tiene que servir a las personas, no al revés.
Por último, hay que reflexionar sobre quién controla la tecnología. Si queda en manos de los estados, sin mecanismos de transparencia y control democrático, existe el riesgo que se utilice como instrumento de vigilancia masiva o de control social, abriendo la puerta a formas de totalitarismo. Si, en cambio, está concentrada en manos del sector privado, puede potenciar desigualdades, exclusión y mercantilización de derechos básicos, priorizando beneficios por encima del bien común.
La tecnología, por lo tanto, no es neutra: su impacto depende de quién la gobierna, con qué valores y con qué mecanismos de supervisión. Garantizar un uso ético es indispensable para proteger derechos y equidad social, la sociedad civil organizada es, pues, quien mejor puede garantizar este uso, y nos tenemos que sentir responsables de hacerlo.